Palabras de presentación de la novela Piedras Blancas
de Laura Calvo, a cargo de la escritora Luisa Peluffo

Bariloche, 20 de mayo de 2006 - Centro de Encuentros Culturales

En primer lugar, vamos a partir de que hasta ahora a Laura Calvo la hemos conocido principalmente como poeta –  excelente poeta - con  una trayectoria en la que se destacan  los libros:  “Angel fauno”, “Conquista del árbol”, “Poemas Perros” y “Discursos vivos”. También ha incursionado en el terreno musical, como cantautora, con sus obras Poetango I y II.

 Su poemas –sin perder lirismo - han ido mutando sutilmente a textos de un ritmo casi narrativo, instalándose en una  frontera entre el poema y la narración. No es de extrañar, entonces, que se haya aventurado en el mundo de la novela con las exigencias artesanales de la poesía: la importancia de cada palabra en particular, la melodía del texto, el cuidado del detalle, sin que esto signifique “poetizar”  su primera novela, renunciando a la ironía o sumiéndose en un hermetismo apartado del mundo exterior.

 Por el contrario, al leer “Piedras blancas”,  me sumergí  con placer en un relato que fluye naturalmente, con un estilo terso, nítido, siguiendo las vicisitudes de Gloria Oviedo, la protagonista. Porque la novela de Laura Calvo hace algo engañosamente sencillo:  simplemente cuenta.  A propósito de esto que parece tan fácil, a una famosa escritora le dijeron después que dio una conferencia: “Habla usted tal como escribe”. Ella contestó: “Me ha llevado años lograrlo”.

 Laura nos cuenta, entonces, y la historia se va armando y el tiempo avanza y retrocede convocando otras historias, pero sin perder nunca el hilo conductor. La autora piensa en sus lectores, no les da trabajo suplementario. Borges definía esta actitud narrativa como una “cortesía hacia el lector” .

 Las novelas, de alguna u otra manera, siempre se inscriben en el mapa espiritual de su tiempo, dice el escritor checoslovaco Milan Kundera.  La historia que nos cuenta Laura Calvo en “Piedras blancas”, sucede en la Argentina, entre el campo y la ciudad, en un período que va de los años 60 a los 80. Una etapa especialmente significativa en la vida del país para nuestra generación y las que siguieron.

 Gloria Oviedo - protagonista y alter ego de la autora – la recorre en todas sus instancias, porque  la novela es la gran forma en prosa, en la que el autor (en este caso la autora)  a través de esos egos experimentales que son los personajes, examina los temas que le preocupan.

 Una metáfora dice que el novelista derriba la casa de su vida, para construir con las piedras la casa de su novela. Nunca sabremos - y no importa - si Laura Calvo hizo esto con piedras blancas y así surgió Gloria Oviedo.  La única certeza es que Laura nos hace cómplices de su historia. Una historia en la que el amor, el erotismo, la muerte y sobre todo la enfermedad, como acechanza constante, son sus temas recurrentes.

 Porque lo que cuenta “Piedras blancas” a través de las vicisitudes de Gloria Oviedo y su apuesta a la vida, es el relato de un país signado por la enfermedad. Dice la protagonista:

 ...miedo de hablar, de escuchar, de perder el trabajo;  la dictadura volviendo a todos sordomudos. El que no está conmigo es mi enemigo: el viejo poder de la Mazorca, un poco más sofisticado, en lugar del azote o las lavativas de ají, ahora usan la picana...

 Como en “La montaña mágica” de Tomas Mann, novela del año 1924  y monumento nostálgico de un humanismo perdido, en “Piedras blancas” la “enfermedad -metáfora” es la tuberculosis:

 ... tuberculosis viene de tubérculo, una especie de cascarón que el cuerpo produce para cercar a los bacilos. Dentro del tubérculo los bacilos completan su desarrollo y destruyen la sustancia pulmonar encerrada en ellos. El esfuerzo excesivo, la mala alimentación y el desánimo son aliados formidables del gérmen... – explica el médico en “Piedras blancas”.

 Los tuberculosos se esfuerzan por escupir la enfermedad.

Escupir viene del latin: ex y conspuere. Arrojar fuera de la boca, dice el diccionario y nos ofrece sinónimos: Expectorar, esputar, esgarrar, arrancar, gargajear. En sentido figurado: echar de sí con desprecio una cosa. Y ofrece más sinónimos:  despedir, soltar. También: arrojar, lanzar.

 Dato significativo: el primer título de esta obra fue “Escúpame la mano”.

¿Y que se escupe? Se escupe la saliva,  ese humor acuoso ,según el diccionario, que en esta novela cumple su doble y ambigua función ligada tanto al erotismo, como a la enfermedad.

 Flannery O'Connor, una maravillosa escritora del sur de los Estados Unidos, hablaba de la escritura como de un acto de descubrimiento.

 Consideremos entonces a los escritores como exploradores que, a tientas, se esfuerzan por develar un aspecto desconocido de la existencia.

 Decía O'Connor que ella, muy a menudo, no sabía a dónde iba cuando se sentaba a escribir una historia... y que dudaba de que los escritores supieran realmente a dónde iban cuando iniciaban la redacción de un texto.

 En esta primera novela, Laura explora ese aspecto obsesivo y desconocido de la existencia y lo descubre a través de ese verbo clave: “Escupir”. Escupir todo lo atragantado, lo que impide respirar, lo que impide vivir.

 Escupe la protagonista niña  mucosidades que le impiden respirar y  registra:

...durante semanas practico el complicado arte de escupir. La mucosidad, siempre en aumento, contribuye a mejorar mi práctica. Ya nada me alivia, ni las gárgaras con agua de lluvia ni las inhalaciones de vapor que prepara la abuela con hojas de eucaliptus. Tragar es un suplicio...

 Rabia y celos escupe en la adolescencia:

... la obligué a mirarme (...) y la escupí... También se pregunta:

...¿era el infierno ese lugar donde iríamos si en vez de tragar la hostia la escupiéramos? Sería como escupir la mano de Dios, nos advertían las catequistas...

 Escupe también en la mano de un desconocido su saliva, definida como: vehículo de curación y de contagio, de repudio, de asco, de humillación y de lujuria...

 Escupe el hombre su enfermedad, descripta como:

... piedras en el camino, lo que se arroja de una vez, secreciones, células de descamación, exudados y trasudados, sangre, gérmenes, saliva, restos alimenticios. No le contó su dificultad para juntarlos; sus ridículas espectoraciones del principio, apenas una saliva un poco espesa, hasta que entendió los rudimentos de una buena escupida: tosé hacia fuera, dejá que el muerto salga; abrí la boca... así, ¡largá la peste!…

 Escupe el país a sus hijos y escapa a la muerte, uno de los personajes de esta novela y  lo recuerda así:

...esposado y encapuchado, desde el momento en que me chuparon, contemplaba la oscuridad con miedo de disolverme en ella, de transformarme en parte de ella (...) cuando me largaron al campo entré en pánico; la oscuridad, finalmente, se había apoderado de mis pensamientos; me los imaginaba apuntando al centro de mi espalda, apretando lentamente el gatillo (...) apenas pude reaccionar me arranqué la venda. No veía nada; me refregué los ojos y permanecí unos minutos observando la oscuridad, esa densa sustancia sin fondo que me apretaba como la misma venda. Llovía, el cielo estaba muy nublado. Frente a mí, del lado en que me bajaron, la luna se reflejó un instante en la cuneta inundada y distinguí un alambrado. En alguna parte, no muy lejos, ladraba un perro. No me moví hasta oir que se alejaba el camión. Entonces me levanté y corrí entre los pastizales y los charcos, consciente de que la muerte no me había vencido...

 “Piedras blancas” es una obra de la madurez, escrita y reescrita con pausas e intervalos, con una concepción del tiempo que tiene que ver con nuestro ritmo aquí, en el sur.  En este sur del mundo, que Laura eligió para vivir y escribir esta excelente novela,  trabajada y pulida por el  tiempo, como las piedras de su título.

 Luisa Peluffo

cibertaller@bariloche.com.ar


Página realizada por Alejandro C. Calvo

Año X - Nº 74 -

Abril / Mayo de 2011